Reflexión incómoda y es que la industria colombiana no comenzó a perder competitividad con la llegada de Temu y Shein
¿Cómo es posible que una camiseta fabricada en China, transportada miles de kilómetros y entregada en la puerta de una casa colombiana, pueda costar menos que una confeccionada en nuestro propio país?
La respuesta va mucho más allá de los bajos costos de producción asiáticos. Detrás de esa diferencia existen economías de escala, tecnología, eficiencia logística y un sistema de comercio internacional que ha transformado las reglas del mercado. Pero también existen diferencias tributarias y, especialmente, una preocupante pérdida de competitividad de nuestro aparato productivo.
El crecimiento de plataformas como Temu y Shein ha puesto en evidencia una realidad que los empresarios colombianos conocemos desde hace años: competir en nuestro país se ha convertido en una tarea extraordinariamente difícil.Y aunque sería sencillo responsabilizar exclusivamente a estas plataformas, hacerlo significaría ignorar buena parte del problema.
La competencia desigual comienza en las reglas
Cuando un empresario colombiano importa mercancías para comercializarlas, debe cumplir procedimientos aduaneros, asumir los tributos correspondientes y financiar una estructura empresarial que incluye trabajadores, instalaciones, inventarios y obligaciones administrativas.
Por otra parte, el comercio electrónico transfronterizo permite que millones de consumidores compren directamente productos extranjeros mediante mecanismos simplificados de importación.
En Colombia existe la modalidad de tráfico postal y envíos urgentes, dentro de la cual determinados paquetes de hasta 200 dólares pueden recibir tratamientos arancelarios favorables y, bajo condiciones específicas, beneficios relacionados con el IVA.
Esto no significa que todas las compras inferiores a ese valor estén automáticamente exentas de impuestos. Las disposiciones legales establecen requisitos que deben cumplirse. Sin embargo, cuando productos equivalentes destinados al consumo colombiano reciben tratamientos tributarios diferentes según su canal de ingreso, surge una discusión legítima sobre la equidad competitiva. No se trata de desconocer las ventajas de las plataformas internacionales. Muchas han desarrollado modelos comerciales extraordinariamente eficientes, capaces de conectar directamente fabricantes y consumidores. El problema aparece cuando esas ventajas tecnológicas y logísticas pueden combinarse con diferencias tributarias que no necesariamente responden a una mayor productividad.
El debate tampoco debe simplificarse comparando todos los impuestos que paga una empresa colombiana con los tributos de una compra individual. El IVA descontable, el impuesto de renta y los costos laborales tienen naturalezas económicas diferentes. Pero esa precisión no elimina la necesidad de revisar las reglas aplicables al comercio electrónico internacional.
Detrás de una empresa existe toda una cadena económica
Cuando una empresa colombiana pierde competitividad, las consecuencias pueden extenderse mucho más allá de sus propietarios. Pensemos en una fábrica de confecciones que para producir una camiseta necesita telas, hilos, etiquetas, empaques, maquinaria, energía, trabajadores, transportadores y distribuidores.
Cada venta sostiene una cadena de relaciones económicas y cuando las ventas disminuyen de manera persistente, la empresa reduce sus compras de materias primas, posterga inversiones y enfrenta dificultades para cubrir sus costos fijos. Sus proveedores también pueden verse afectados y, eventualmente, aparecen riesgos para el empleo.

No significa que cada compra realizada en Temu o Shein destruya automáticamente un puesto de trabajo colombiano. Tampoco todos los artículos importados tienen un equivalente nacional pero sería igualmente equivocado desconocer que la pérdida sostenida de participación de mercado puede debilitar cadenas productivas enteras. Una economía no se fortalece únicamente porque sus consumidores tengan acceso a productos baratos. También necesita capacidad para producir, generar empleo, innovar y crear riqueza.
El problema más profundo lo hemos construido nosotros mismos
Aquí llegamos a una reflexión incómoda y es que la industria colombiana no comenzó a perder competitividad con la llegada de Temu y Shein. Nuestro rezago tecnológico, nuestras dificultades de productividad y nuestros elevados costos operativos se han venido acumulando durante décadas.
En mi opinión, sucesivos gobiernos han privilegiado las reformas tributarias y el recaudo fiscal sin construir, con la misma determinación, una política sostenida de modernización industrial. Colombia mantiene una tarifa general de impuesto de renta corporativa del 35%, elevada en comparación con muchas economías de la OCDE. A esa carga se suma un sistema de cumplimiento tributario complejo, que obliga a las empresas a destinar recursos considerables a declaraciones, retenciones, información exógena, facturación electrónica y múltiples obligaciones administrativas. Combatir la evasión es indispensable. Pero la relación entre la DIAN y el empresario formal debería fundamentarse también en la simplificación, la seguridad jurídica y la eficiencia institucional. La formalidad no puede convertirse en una desventaja para quienes deciden cumplir las reglas.
Durante los últimos años, además, las empresas han debido adaptarse a incrementos salariales, una reducción progresiva de la jornada laboral hasta las 42 horas semanales y un entorno de inflación y financiación costosa. La reducción de la jornada busca mejorar la calidad de vida de los trabajadores, un propósito legítimo. Sin embargo, cuando se mantienen los salarios y disminuyen las horas disponibles, aumenta el costo laboral por hora. Si la productividad no crece proporcionalmente, las empresas intensivas en mano de obra enfrentan mayores presiones. Estas dificultades se han sentido con especial intensidad en años recientes, aunque sus causas estructurales son anteriores. No podemos pretender que nuestras empresas compitan exitosamente en los mercados internacionales mientras continuamos acumulando obstáculos internos para producir e invertir.
Los empresarios también debemos asumir nuestra responsabilidad
Sería injusto atribuir toda la responsabilidad al Estado. Durante años, parte del empresariado colombiano ha postergado inversiones en automatización, tecnología, innovación y formación del talento humano. En algunos sectores seguimos utilizando procesos productivos que han cambiado muy poco, mientras nuestros competidores internacionales incorporan inteligencia artificial, robótica, analítica de datos y sistemas logísticos altamente eficientes.
El consumidor no tiene la obligación de pagar precios elevados para compensar nuestras ineficiencias. La competencia internacional es necesaria y puede convertirse en un poderoso incentivo para mejorar. Pero modernizar una empresa requiere capital, talento, financiación y condiciones razonables para invertir. Por eso, la competitividad debe entenderse como una responsabilidad compartida entre el Estado, los empresarios y las instituciones que forman nuestro talento humano.
¿Qué soluciones necesita Colombia?
La primera consiste en revisar el tratamiento tributario de las importaciones de bajo valor. El crecimiento del comercio electrónico exige evaluar si las reglas diseñadas originalmente para facilitar pequeños envíos siguen siendo apropiadas para las dimensiones actuales del mercado. Esa revisión debe respetar los acuerdos internacionales y considerar tanto la competitividad empresarial como los intereses de los consumidores.
En segundo lugar, necesitamos fortalecer los controles aduaneros mediante tecnología, trazabilidad y análisis de riesgos. Las autoridades deben verificar el cumplimiento de los requisitos tributarios, prevenir la subvaloración y detectar posibles prácticas de fraccionamiento indebido o declaraciones falsas. También deben garantizar que los productos importados cumplan las normas técnicas y de seguridad aplicables.
La tercera solución, y quizás la más trascendental, es reducir los obstáculos internos a la producción. Colombia necesita simplificación tributaria, estabilidad normativa, mejores condiciones de financiación, infraestructura eficiente e incentivos efectivos para la modernización tecnológica. No podemos seguir creyendo que la competitividad se construye exclusivamente mediante aranceles o medidas de protección. También debemos facilitar que las empresas colombianas puedan producir a menores costos, mejorar su calidad y conquistar nuevos mercados.
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En cuarto lugar, los empresarios debemos asumir un compromiso real con la productividad. La inteligencia artificial, la automatización y la digitalización no son asuntos del futuro. Son herramientas disponibles para transformar nuestras operaciones, reducir desperdicios, administrar inventarios y mejorar las relaciones con nuestros clientes.
Finalmente, los consumidores también tienen un papel importante. Comprar productos importados no es incorrecto. Buscar mejores precios es una decisión legítima pero cuando existen alternativas comparables, vale la pena considerar también la calidad, las garantías, el servicio y el impacto que nuestras decisiones pueden tener sobre la economía nacional.

El verdadero desafío
Defender la industria colombiana no significa cerrar nuestras fronteras ni renunciar al libre mercado. significa construir condiciones para que nuestros empresarios puedan competir sin desventajas tributarias injustificadas, pero también sin depender indefinidamente de medidas proteccionistas. Necesitamos empresas más eficientes, trabajadores mejor preparados, instituciones menos burocráticas y una política económica que comprenda que la riqueza se genera produciendo, innovando e invirtiendo. Temu y Shein no crearon los problemas estructurales de nuestra industria. Su crecimiento simplemente ha hecho más visibles muchas de nuestras debilidades.
La verdadera pregunta no es cómo hacemos para que los productos extranjeros sean más costosos. Es cómo logramos que producir en Colombia vuelva a ser una actividad competitiva, rentable y sostenible porque un país que renuncia a fortalecer su capacidad productiva termina dependiendo cada vez más de lo que otros producen y ninguna nación construye prosperidad duradera únicamente comprando barato lo que dejó de ser capaz de fabricar.
Por: Francisco J. Rios
Empresario, MBA, Negociador Internacional, Especialista en Cadena de Suministro Global e IA Aplicada a los Negocios
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