Un taller de guarnielería investiga y fabrica a mano esta histórica pieza que estuvo a punto de desaparecer
En el norte de Antioquia, el paisaje rural de San Pedro de los Milagros se encuentra un taller donde el olor a cuero recién cortado define el ambiente. Allí, rodeados de herramientas de herencia y los sonidos propios del campo, Mauricio Acevedo y Milena Zuluaga lideran Acevedo Zuluaga Guarnielería. Desde este lugar, la pareja se dedica a la investigación y el rescate del carriel sampedreño, un accesorio tradicional de la zona que estuvo al borde de la extinción.

El carriel no es un bolso común; es el accesorio insignia de la arriería y un símbolo de la identidad de Antioquia. Originalmente, fue diseñado como una herramienta de trabajo fundamental para el arriero, quien pasaba semanas recorriendo caminos de herradura. Su estructura responde a una necesidad práctica: proteger de la humedad y del desgaste del viaje objetos esenciales como el dinero, documentos de viaje, tabaco, naipes, dados, agujas e incluso imágenes religiosas y amuletos. De ahí su confección robusta en cuero de alta resistencia y su icónico diseño de fuelle que le permite expandirse.
Aunque habitualmente se asocia esta pieza con el municipio de Jericó, en el Suroeste del departamento, la historia de San Pedro de los Milagros, en el Norte, cuenta con otros registros. Mientras que Jericó fue fundado en 1850, en San Pedro ya existían censos de 1840 que registraban oficialmente el oficio de hacer carrieles.

La inquietud por investigar a fondo este origen surgió de una observación en el taller de Mauricio y Milena. Al llevar sus productos al Eje Cafetero, notaron que el carriel sampedreño era el más común entre los arrieros mayores y el de mayor reconocimiento en departamentos como Caldas, Quindío, Risaralda y el norte del Tolima. Sin embargo, los arrieros no los usaban para el trabajo diario, sino que los conservaban en sus casas. Según relata Mauricio, «las personas nos los compraban a nosotros porque los otros que tenían allá los tenían como una reliquia y no los utilizaban y sabían pues de que no se fabricaban ya o por lo menos no se fabricaban con las mismas características de los que ellos tenían allá antiguos».
Para más noticias, síguenos en: https://whatsapp.com/channel/0029Va5j8yQ1XquTDOQZ2i3y
Con esa motivación, la pareja inició el proyecto de investigación «Tras las huellas del carriel sampedreño». A pesar de las limitaciones de tiempo y recursos, han logrado rastrear la presencia de esta pieza en dieciséis municipios y han realizado cerca de nueve entrevistas. En ese proceso han documentado cómo se distribuían estos elementos en el pasado. En San Félix, un corregimiento de Salamina, Caldas, localizaron ejemplares con ochenta años de antigüedad que llegaron allí gracias a las dinámicas de la arriería de la época. «Encontramos una persona que era el que hacía las sillas de montar en ese pueblo y los compraba acá en San Pedro y lo llevaba hasta San Félix, Caldas», explica Mauricio.
El carriel sampedreño se caracteriza por su complejidad de fabricación, un proceso artesanal que demanda un esfuerzo físico y de tiempo considerable. «Empezamos a las diez de la mañana, terminamos a la una y cincuenta, fueron más o menos catorce horas la fabricación de un carriel sampedreño», detalla Mauricio sobre la rigurosa jornada que requiere dar vida a una sola de estas piezas.
Esta dedicación se debe a las características del diseño. Su correa es ancha, decorada en relieve y cuenta con una fila de hebillas pequeñas que lo diferencian de otros modelos. En su parte interna lleva un bordado que originalmente se cosía a mano alzada y que hoy, para facilitar su comercialización, el taller realiza a máquina respetando las costuras tradicionales. Además, cuenta con siete bolsillos a la vista y cinco bolsillos secretos. «Es muy similar al Jericoano, teniendo en cuenta que de pronto las secretas del sampedreño son un poco más ocultas… su sistema de esconderlas es un poco diferente», detalla el artesano.
Mauricio Acevedo aprendió el oficio del cuero a los once años con su madre, quien fabricaba calzado, y con su mentor, el artesano de Sonsón Gabriel Giraldo. Después de trabajar durante años para reconocidas marcas nacionales de marroquinería, conoció hace quince años a Milena Zuluaga, con quien consolidó este taller de guarnielería en su propio hogar. «El taller está en nuestra casa, nosotros vivimos acá… lo que más resalta la gente cuando llega a nuestra casa es el olor a cuero, qué rico huele a cuero… nuestro taller tiene un sonido particular por estar en una vereda, nosotros conservamos un pequeño bosque nativo entonces hay muchas aves, vacas, gallinas», describe.
Desde el taller señalan que el propósito de su trabajo va más allá de la comercialización de las piezas. Para Mauricio, el enfoque principal ha sido «analizar muy bien toda la historia del carriel sampedreño, por qué se perdió, qué pasó con él, para así poder garantizar que el carriel sampedreño no se vuelva a perder». Tras identificar que uno de los factores de su desaparición fue la falta de relevo generacional, buscan acercamientos con la administración municipal para crear una escuela de marroquinería orientada a la conservación del carriel, permitiendo que nuevas personas encuentren en este oficio una fuente de sustento económico.
Debido a que un carriel de buena calidad tiene una larga vida útil y baja frecuencia de recompra, el taller complementa su actividad con el diseño de otros accesorios de cuero. Actualmente, la familia trabaja en la producción de un documental audiovisual para registrar los hallazgos de su investigación histórica y avanza en la confección del carriel más grande del mundo, una iniciativa pensada para dar visibilidad al municipio y promover el turismo en San Pedro de los Milagros.

Envía tus noticias





